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Reflexión Lasallistas de Corazon: Corrupción

Nuestra tarea educativa, en favor de la honestidad y la verdad, deberá encontrar las maneras en que nuestro claro “no” a las prácticas corruptas esté cargado de horror.

Por: Servicio de Comunicaciones y Publicaciones

Reflexión Lasallistas de Corazon: Corrupción

Pareciera, en ocasiones, que finalmente nuestra sociedad empieza a hartarse de una condenable actitud que ha venido deformando nuestras relaciones familiares, sociales y políticas: la corrupción. En general son muchísimas las voces que se levantan en contra de las prácticas, a veces escondidas y a veces descaradamente manifiestas, que no sólo ven desaparecer los dineros públicos destinados a la promoción del bienestar y al goce de los derechos de los colombianos, sino que, además, se llevan consigo un importante fragmento de confianza entre las personas mismas, así como entre ellas y las instituciones.

Lamentablemente han tenido que sucederse muchísimos escándalos para que hayamos empezado a entender las terribles dimensiones de esta maldición. La corrupción no se trata de un ejercicio de viveza que habría que aplaudir a quienes no dejan escapar posibilidades para beneficiarse sino de un acto completamente criminal que pone en riesgo la vida, la seguridad y la paz de nuestros demás conciudadanos. Creo que nos bastaría dirigir nuestra mirada hacia zonas periféricas de nuestro país como La Guajira, el Chocó o la Amazonia para darnos cuenta que, literalmente, los corruptos le quitan el pan de la boca a poblaciones enteras y los dejan sumidos en una terrible situación de hambre, enfermedad, guerra y muerte.

Por eso miro con esperanza la conciencia ciudadana que se va despertando en tantas personas. ¡Tiene que escucharse con fuerza el clamor de quienes, frente a la corrupción, gritamos “No más”! ¡Tiene que seguir aumentando en nosotros el horror ante cualquier práctica, por mínima que sea, que mine la confianza, la honestidad y el respeto a cada uno, a sus bienes y a sus derechos!

Ese clamor tiene que acompañarse de decisiones que impulsen con nuevo aliento la vivencia de la honestidad. Decirle no a la corrupción significa también no abrirle paso en nuestras vidas cotidianas a la cultura del oportunismo, a la actitud de silencio cómplice y a la indiferencia frente a las agresiones a nuestro sistema de valores. Significa no sobornar, no amenazar y no conspirar. Significa también comprometernos por vivir de modo auténticamente transparente, dejando en evidencia nuestras intenciones, entendiendo que nuestro progreso común es condición necesaria para nuestro desarrollo individual.

Implica, para los lasallistas, despertar esa actitud de profundo horror al pecado a la que exhortaba san Juan Bautista De La Salle. Pareciera que, trescientos años después de su muerte, aún recobraran mucha vitalidad sus palabras como una advertencia frente a la perversión que supone la corrupción. El Santo Fundador propone que contemplemos al mismo Jesucristo que anunció el Evangelio para salvar a la humanidad y, después, propone una prolongación de su misión salvífica en la tarea educativa. Afrontar la corrupción implica, necesariamente, una tarea educativa de altísimo nivel a la que todos estamos llamados a participar. Dice La Salle, refiriéndose a Jesús:

Al leer el Evangelio deben fijarse en la forma y en los medios de que Él se sirvió para llevar a sus discípulos a la práctica de las verdades del Evangelio; unas veces, proponiéndoles como bienaventuranza todo lo que horroriza al mundo, como la pobreza, las injurias, las afrentas, las calumnias y toda clase de persecuciones por la justicia; (…) otras veces, inspirándoles horror a los pecados en que suelen caer los hombres; o bien, proponiéndoles ciertas virtudes que practicar, como la dulzura, la humildad, y otras así.

(…) Por fin, quería que en su espíritu considerasen como malaventurados a los ricos y a cuantos hallan en este mundo sus delicias. De acuerdo con estas prácticas, y todas las demás de Jesucristo, es como ustedes deben enseñar”. (Meditación para el Tiempo de Retiro, 196).

Nuestra tarea educativa, en favor de la honestidad y la verdad, deberá encontrar las maneras en que nuestro claro “no” a las prácticas corruptas esté cargado de horror. Y, además, debe también ser un ejercicio de propuesta de una manera distinta de practicar las virtudes que sostienen la vida en sociedad: la verdad, la justicia, la lealtad… Difícilmente habrá mejor manera de proponerlas que con nuestro mismo ejemplo.

Reflexión por: El Hno. Camilo Andrés Aguilar Gómez, nacido en Zipaquirá (Cundinamarca). Hermano de las Escuelas Cristianas. Es Licenciado en Educación Religiosa de la Universidad de la Salle. Adelanta sus estudios de Maestría en Estudios de Paz y Resolución de Conflictos en la Pontificia Universidad Javeriana. Ha trabajado como docente y coordinador en varios Colegios lasallistas de Colombia. Actualmente es el Subdirector del Postulantado Lasallista San José de Guausa.