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Reflexión Lasallistas de corazón: La Escuela como entorno protector y lugar de salvación ante los ‘sin sentidos’ de nuestro tiempo. Por: Hermana Isabel Sofía Molina Mendoza

Se requiere entonces con urgencia, una escuela que sea un entorno protector, lugar de salvación y espacio de formación para asistir a quienes acompañan.

Por: Servicio de Comunicaciones y Publicaciones

La adolescencia como la etapa de mayor autonomía e independencia de los adultos y del entorno familiar, es para el ser humano el momento más vulnerable, aquél en el que inevitablemente se experimentan sentimientos y emociones que, de no ser acompañadas, pueden convertirse en ‘conductas de riesgo’.

Sí entendemos las conductas de riesgo como síntomas, como signos de alarma que deben ser atendidos apropiada y oportunamente para evitar sus consecuencias destructivas en lo social y en lo personal, concluiremos entonces, que es obligación de los educadores y padres de familia, asumir con responsabilidad la educación y formación de la niñez y de la juventud.

La tristeza, la soledad, la frustración, la carencia de grupos de apoyo, la falta de comunicación familiar y con los contemporáneos, los sentimientos de dependencia y cualquier otro sentimiento que lleve a la persona a la falta de sentido y a restarle importancia a la vida, deben entenderse como signos de alarma, que anuncian posibles conductas de riesgo.  Ello exige el acompañamiento y la presencia de adultos responsables, conscientes de la necesidad de revisar las prácticas de acompañamiento más allá de las aulas de clase.

Como adultos somos conscientes que estos sentimientos y emociones mal enfocados tienen su origen en factores individuales, familiares y escolares; por lo tanto, estamos llamados a develar estrategias que nos permitan ser significativos y actuar con eficacia ante las realidades y sentimientos que percibimos en aquellos a quienes educamos.

Es deber nuestro pensar en un modelo de acompañamiento que se ajuste a las necesidades concretas de las comunidades educativas en las que ejercemos nuestra profesión y vocación docente, de tal manera que influyamos directamente en el mejoramiento de la calidad de vida y de la salud de nuestros estudiantes y hagamos de nuestras instituciones un espacio de protección y cuidado.

El acercamiento real a la vida de los niños y jóvenes, me ha enseñado que la educación (la escuela, el aula) es la principal arma para evitar el daño y deterioro en los niños y en los jóvenes.

Debemos apostarle al desarrollo de acciones para la implementación de mecanismos de promoción, prevención, atención y seguimiento de las situaciones que afectan la salud mental, el autorreconocimiento, la integridad y la convivencia de nuestros estudiantes, tal como lo expresa la ley 1620 de 2013.

Se requiere entonces con urgencia, una escuela que sea un entorno protector, lugar de salvación y espacio de formación para asistir a quienes acompañan.

La escuela como entorno protector, capaz a abrir espacios en los que se celebre el encuentro y el reconocimiento del otro, como una oportunidad de ser y estar en el mundo con sentido, y asegurar procesos que generen buen vivir, acogida, fraternidad y hospitalidad, es la instrumento que nos permite evitar que las conductas de riesgo repercutan en la vida diaria, de estudio, diversión y trabajo de nuestros estudiantes o perpetúen padecimientos inicialmente banales hacia la cronicidad.

La Escuela como lugar de salvación, comprometida con la promoción y formación de una postura responsable del autocuidado y un compromiso serio con un proyecto personal de vida, que les permita a nuestros niños y jóvenes, tomar decisiones y posturas informadas, serias, autónomas y libres. Una escuela con respuestas eficaces de acompañamiento para los sentimientos y realidades de tristeza, soledad, frustración, dependencia y cualquier otro sentimiento que viven nuestros niños y jóvenes.

Necesitamos una Escuela entorno protector y lugar de salvación, que garantice el acompañamiento integral de los educadores, como acompañantes que acompañan,  como verdaderos ángeles custodios y profesionales competentes, capaces de identificar, visibilizar y orientar las diferentes realidades y necesidades que se viven en el entorno educativo, en la Comunidad Educativa.

Educadores, convencidos de la necesidad del dialogo, la presencia significativa y la corrección a tiempo y bien hecha, a la manera de San Juan Bautista De La Salle: «Las reprensiones y correcciones resultarían poco provechosas si quienes  las realizan no adoptan las medidas adecuadas para hacerlo bien. Hay que ponerse en disposición de dar la reprensión y la corrección de tal modo que Dios esté contento de ellas, y lograr que las reciban como remedio de su falta y medio para llegar a ser más comedidos». (MTR. 204, 1)

Educadores, formados para atender las dificultades de sus estudiantes o para derivarlos a los profesionales competentes, capacitados para realizar activación de ruta y poder garantizar una atención adecuada cuando se descubre que la Institución no es suficiente.

Educadores, conscientes que no todo depende de la Institución, que es necesario trabajar de la mano con los padres de familia, convertirnos es sus aliados y recordarles el papel irremplazable que tienen en la vida de sus hijos. Educadores, conocedores de las normas, de las instituciones de protección y de ayuda en las que nos podemos amparar para proteger, cuidar y defender a nuestro estudiantes.