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Reflexión Lasallistas de Corazón: para amar a los demás tenemos que amarnos primero. Por Hno. Carlos Forero FSC

Jesús ha dicho para todos que el principal mandamiento de la ley del Señor es amar a Dios y al prójimo como a sí mismo.

Por: Servicio de Comunicaciones y Publicaciones

#300-05

Tú, Dios, me incitas y animas al bien, cuando me encuentro en la tristeza; y, cuando me encuentro sin ánimo, sólo tengo que dirigirme a Ti, que eres Dios de amor. (De La Salle, EMO. 2, 82, 3)

Jesús ha dicho para todos que el principal mandamiento de la ley del Señor es amar a Dios y al prójimo como a sí mismo. Este principio enunciado hace siglos, cobra una vigencia inusitada en nuestros días cuando las dinámicas sociales –quizás más bien asociales–, nos despiertan la conciencia de lo vital que resulta el cuidado de sí mismo, en un mundo que pareciera evocarnos más bien al ensimismamiento.

Seguramente hemos constatado que el nuestro es un mundo de solitarios, a pesar de tener, hoy más que nunca, infinitas posibilidades de estar interconectados. Esta soledad nos afecta a todos, pero es particularmente lesiva para los niños y jóvenes por cuanto ellos, en todas las épocas, han estado urgidos de atención, cuidado y amor.

Nos impresiona que jóvenes, e incluso pequeños niños, se enfrenten a dramas que antes parecían reservados sólo a los adultos, como ansiedad, depresión e intentos de suicidio, entre otras cosas. El drama intenso e interno que viven, muchas veces no puede emerger y compartirse adecuadamente por la soledad y por estar aislados de las personas adultas que podrían acompañarlos e incluso aconsejarlos. Y es allí cuando emergen conductas que ponen en riesgo su integridad e incluso su existencia.

Dentro de dichas conductas, llaman la atención las relacionadas con las adicciones, puesto que estas se convierten en una manera de evadir las angustias y preocupaciones, mientras van hundiendo a la persona en un abismo que no reconoce pero que absorbe la vida.

Todo lo que haga la escuela lasallista para proponer a los niños y jóvenes alternativas que les permitan descubrir sus capacidades, habilidades, dones y talentos, serán sin duda un aporte invaluable, debido a que una buena estrategia para el cuidado de sí mismo, es la de fortalecer lo que nos hace valiosos, seguros y útiles. Cuando cada uno de los jóvenes que se forman en las obras lasallistas descubre para qué está hecho, cuáles son sus virtudes y cómo puede ser feliz –es decir, cuando descubre su vocación– estaremos contribuyendo a los que soñó García Márquez: tener un país al alcance de los niños; y, por supuesto al ideal de San Juan Bautista de la Salle, de que “la escuela sea un lugar de salvación”.