Hay viajes que se miden en kilómetros…
y hay otros que solo pueden medirse en lo que transforman el corazón.
La Misión Entrelazos, vivida del 27 de marzo al 5 de abril, reunió a 52 misioneros con el corazón dispuesto a servir y a evangelizar. Egresados, universitarios, docentes, colaboradores, Hermanas y Hermanos de La Salle hicieron presencia en territorios como San José del Guaviare (Guaviare), Orocué (Casanare), Villa Garzón (Putumayo) y San Vicente del Caguán (Caquetá), llevando consigo no solo una misión, sino una manera de estar y de encontrarse con el otro.
El primer día ya hablaba por sí solo. El 27 de marzo emprendíamos camino hacia los territorios, y los misioneros de Villagarzón y San Vicente tenían como punto de encuentro el Terminal Salitre a las 4:00 p.m. Sin embargo, desde el inicio la misión comenzó a mostrarse tal como sería: impredecible, humana, profundamente real. La preocupación se asomó cuando una de las misioneras no llegaba, y por un momento pensamos que se quedaría. A esto se sumó la llamada a otro misionero que, con total tranquilidad, confesó haber confundido la fecha: creía que la salida era al día siguiente. Así, entre nervios, carreras, llamadas y risas que hoy se vuelven anécdota, comenzó a tejerse esta familia misionera.
Entre el cansancio del viaje, y la inesperada salida inmediata hacia las veredas para algunos misioneros y la organización de cerca de 50 mercados en el colegio Dante Alighieri, se hizo evidente que esta experiencia exigiría entrega, flexibilidad y disposición total. Mientras unos cargaban cajas pesadas, otros contaban alimentos o empacaban con cuidado cada mercado, entendiendo que detrás de cada bolsa había un rostro, una familia, una historia.
En cada territorio, la acogida fue un lenguaje universal: La Fraternidad. Allí, donde muchas veces falta lo material, abundaba lo esencial: la fe, la esperanza y el deseo de Dios.
Uno de los momentos más significativos fue el encuentro con la comunidad indígena Nukak Makú. En medio de la selva, su forma de vida se presentaba como una enseñanza silenciosa pero contundente. Su relación con la naturaleza, su sentido comunitario y su manera de habitar el tiempo interpelaban profundamente. No había prisa, no había exceso… había equilibrio. Más que una visita, fue un espejo: ¿qué tanto hemos olvidado de lo esencial en medio de nuestras comodidades?
Pero la misión también se vivió en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo inesperado.
En las veredas, el sol intenso se mezclaba con lluvias repentinas que sorprendían a más de uno sin botas, dejando como recuerdo zapatos llenos de barro y risas compartidas. En Villalobos, una misionera —con más valentía que experiencia— intentaba abrir un coco con machete, convirtiendo un momento cotidiano en una anécdota que quedaría para siempre.
Hubo caminos difíciles, como aquel hacia la vereda Troncales, donde el carro parecía quedarse atrapado en el lodo. Pero al llegar, todo cobraba sentido: familias agradecidas, miradas sinceras y corazones abiertos que recordaban por qué valía la pena cada esfuerzo.
Se comprendió algo esencial:
Servir no siempre implica hacer mucho… sino amar bien.
Entre cabalgatas, caminatas, encuentros comunitarios y espacios pastorales, la misión fue tomando forma en múltiples dimensiones. Hubo tiempo para visitar familias, escuchar realidades, compartir con niños en la Pascua Infantil, con jóvenes en la Pascua Juvenil y con comunidades enteras en celebraciones y encuentros de fe.
También hubo espacio para lo cultural: saborear la chicha de chontaduro, compartir la vida campesina, pescar, caminar largas distancias… y descubrir que el encuentro con el otro también pasa por reconocer su identidad, sus tradiciones y su manera de vivir.
Al final, no fue solo una misión en distintos territorios como Guaviare, Casanare, Putumayo o Caquetá. Fue una misión en el corazón. Y en medio de todo, una certeza fue creciendo:
La misión no es solo ir, es dejarse encontrar.
La Misión Entrelazos fue eso: un tejido de historias, de rostros, de caminos compartidos.
Un espacio donde la fe se hizo vida, donde la selva habló en silencio, donde el servicio se volvió encuentro y donde cada experiencia —desde la más sencilla hasta la más profunda— dejó huella.
Viva Jesús en nuestros corazones… ¡¡Por siempre!!
Autores
Esneider Huergo Salgado
Hno. Wiliam Andrés Gilllin
Jesús Alberto Vargas C.





