A tan solo dos horas de Bogotá, se abre paso Turmequé, en el corazón de Boyacá. Un territorio donde las montañas no sólo rodean: abrazan. Donde el clima juega entre el Sol que despierta la piel y el frío que invita al recogimiento, como si la misma naturaleza dispusiera el espíritu para el encuentro.
Si algo define este lugar, más allá de su geografía, es su gente.
Los campesinos de alma noble, de manos trabajadas y mirada serena; y los habitantes del casco urbano, cercanos, hospitalarios, profundamente arraigados a su fe, que en Semana Santa celebran, pero también viven, encarnan y custodian el misterio.
Porque en Turmequé, la Semana Santa no pasa:
arde en fe, se eleva en procesión, se narra en silencio solemne y se vuelve vida en cada gesto, en cada paso, en cada oración.
Fue allí, en este escenario cargado de historia y de sentido, donde se hizo vida la Misión Vocacional 2026: “Y nos llamó a las montañas”, con un grupo de 17 personas: 4 asesores —Hermanos y seglares— y 13 jóvenes estudiantes y egresados (11 hombres y 2 mujeres), provenientes de nuestras obras educativas de Villavicencio, Cartagena, Zipaquirá, Sogamoso y Bogotá. Definitivamente, un grupo diverso, inquieto y expectante. Un grupo que llegó, y terminó encontrándose.
Desde los primeros momentos, el contacto con la realidad —tanto en el centro del pueblo como en las veredas— tocó las fibras más profundas.
Los rostros, las voces, las historias, las condiciones de vida; ofrecieron respuestas y despertaron preguntas. Algunas de ellas, sin respuesta inmediata, pero con la fuerza suficiente para mover el interior:
“¿Para qué estoy aquí?” “¿Qué quiero hacer con mi vida?” “¿Dónde encuentro sentido?”
Y en medio de todo ello, una certeza comenzó a emerger con claridad:
la vida tiene propósito, y ese propósito se ilumina en el servicio.
Lo que inició con miradas tímidas, encuentros reservados y acercamientos prudentes, fue dando paso a algo más grande: La fraternidad. Porque en la convivencia cotidiana, la oración compartida, las caminatas, las risas, el cansancio y el servicio, los jóvenes comprendieron algo esencial, que la vida no se construye en soledad.
Lo expresaron con sencillez y verdad: que los caminos se hacen posibles cuando se recorren en comunidad, que los sueños se sostienen mejor cuando se comparten, y que la fe se fortalece en la oración conjunta.
Durante la misión hubo desafíos, exigencias, aprendizajes; pero antes de todo activismo, hubo pertenencia. Es que se favorecieron espacios de interioridad, reconocimiento personal, encuentro comunitario, comprensión del sentido de la misión vocacional; en una palabra: identidad.
Se caminó, se contempló, se oró. Se rió, se bailó, se actuó, se compartió, se aprendió, se vivió.
Los misioneros visitaron hogares, acompañaron familias, escucharon historias que no se olvidan. Se saboreó la vida real, y la vida movió el corazón.
Y en medio de esta experiencia, se levantaba imponente y silenciosa la Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Turmequé, un templo doctrinero del siglo XVII, construido como espacio de evangelización en tiempos coloniales, y que hoy se erige como un tesoro espiritual e histórico.
Sus frescos murales, descubiertos bajo capas de cal y restaurados con cuidado, datan de 1636 y le han valido el nombre de “la Capilla Sixtina de América Latina”.
Pero más allá de su belleza artística, este templo fue el centro de una vivencia profunda: allí, la liturgia cobró vida; allí, el misterio pascual se hizo experiencia; allí, la fe del pueblo enseñó, sostuvo y transformó.
Acompañados por los sacerdotes de la parroquia —Pbro. Luis Rojas, Pbro. Jhon y, de manera especial, Pbro. Ever Muñoz—, esta experiencia encontró orientación, cercanía, profundidad y sentido.
Al Padre Ever, con gratitud sincera: su carisma, su acogida, su palabra y su testimonio interpelante llevaron a los jóvenes a un nivel más profundo de reflexión vocacional, ayudándolos a comprender que la misión no es solo hacer una cierta cantidad de actividades, sino entregarse y dar sentido a la vida desde la experiencia siempre viva y renovada del Evangelio.
La misión también estuvo llena de momentos que enriquecieron la experiencia: caminatas que invitaron a contemplar y orar, talleres formativos que abrieron horizontes, espacios de expresión corporal y danza que dieron rienda suelta a la alegría y ayudaron a hacer vida la fraternidad. También hubo encuentros con la cultura del pueblo, donde incluso el tradicional tejo, declarado deporte nacional, permitió aprender, reír y reconocer que aún hay mucho por entrenar para hacer moñona, ganar mano y quemar las mechas.
Los jóvenes respondieron con generosidad, apertura, entusiasmo. Se dejaron formar, cuestionar, acompañar. Y comprendieron algo clave, que esta misión no era el final de un camino, sino el comienzo de muchos otros. Es que estos ocho días no cerraron procesos, los abrieron. Abrieron preguntas, abrieron búsquedas, abrieron caminos de discernimiento. Y dejaron sembrada una convicción: mirarse siempre, servir siempre, y dejarse transformar siempre… dando un lugar importante a ese Jesús vivo como centro de nuestra vida.
La misión terminó, pero algo en cada uno de los misioneros comenzó. Tal vez esa es la mayor riqueza de esta experiencia: que en medio de las montañas, en la vida sencilla del pueblo, en el silencio de la oración, y en la fuerza del compartir:
Jesús se dejó encontrar……y el corazón aprendió a responder.
Porque hay experiencias que no se quedan en la memoria, sino que se convierten en camino.
Viva Jesús en nuestros corazones… ¡¡Por siempre!!
Eliana Marcela Arroyave
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