Donde la fe se volvió camino: crónica de una Expedición Vocacional

Hay viajes que se miden en kilómetros. Otros, en fotografías. Y hay algunos que se miden en preguntas, en encuentros y en todo aquello que se mueve por dentro y desde dentro. La Expedición Vocacional 2026 fue uno de esos viajes.

Durante cinco días, del 25 al 29 de mayo, once jóvenes —ocho chicos y tres chicas— provenientes de los colegios Juan Luis Londoño, José Eustasio Rivera, Instituto San Bernardo de La Salle, Institución Educativa Los Libertadores, Politécnico Álvaro González Santana e Institución Educativa San Juan Bautista de La Salle, se dieron permiso para hacer algo poco común en estos tiempos: detenerse para escuchar la vida y preguntarse por su vocación. Una experiencia pensada para ayudarles a descubrir quiénes son, qué sueñan y qué quiere Dios de ellos. Una experiencia que llevaba por nombre una pregunta tan sencilla como desafiante: ¿Quién dice Dios que soy yo?

Algunos ya se conocían. Habían compartido caminos, conversaciones y búsquedas durante la Misión Vocacional de Semana Santa en Turmequé. Otros cuatro llegaban por primera vez. Sin embargo, bastaron pocas horas para que las diferencias desaparecieran y los coqueteos para hacerse amigos hiciera de las suyas. La alegría, la cercanía y la capacidad de acogida de quienes ya venían caminando juntos hicieron que nadie se sintiera extraño. Muy pronto dejaron de ser un grupo de jóvenes de distintos colegios para convertirse en una comunidad de jóvenes lasallistas dispuestos a compartir una semana de aventura en el conocimiento personal y de La Salle como opción de vida.

Y eso fue precisamente lo que más se respiró durante estos días: comunidad.

Preguntas y respuestas atravesaron constantemente la vida de los Ruteros y las Ruteras. Algunos expresaban con claridad su deseo de seguir conociendo la vida de los Hermanos de La Salle o de las Hermanas Guadalupanas de la Salle. Otros reconocían que todavía estaban buscando, observando y discerniendo. Pero todos compartían algo en común: el deseo sincero de descubrir cómo vivir una vida con sentido.

La Expedición no estuvo hecha únicamente de talleres. Claro que hubo momentos de formación, reflexión y oración, pero además, y para hacerlo más emocionante, hubo espacios para mirar la propia historia, reconocer fortalezas, heridas, sueños y emociones. Hubo momentos para preguntarse por el amor, por la fe, por la vida consagrada, por el matrimonio y por la posibilidad de servir desde la vida laical célibe. Pero lo que realmente transformó la experiencia fueron los encuentros con otros y el desplazamiento hacia algunas de las realidades y misiones educativas del Distrito. 

Las visitas al Instituto San Bernardo de La Salle y al Liceo Hermano Miguel fueron, para muchos de los ruteros y ruteras, una de las experiencias más reveladoras de toda la Expedición. Allí descubrieron que La Salle es mucho más que el colegio al que asisten cada mañana. Comprendieron que forman parte de una familia mucho más grande, extendida por diferentes ciudades, contextos y realidades, donde cientos de educadores, Hermanos, Hermanas y seglares comparten una misma pasión: educar, acompañar, evangelizar y transformar vidas desde el corazón del Evangelio.

Cada obra visitada les permitió asomarse a una manera distinta de vivir el carisma lasallista. Descubrieron que, aunque cambien los territorios, las personas o los desafíos, permanece la misma convicción de creer en los jóvenes, apostar por la educación y construir esperanza allí donde más se necesita.

Particularmente significativa fue la visita al Instituto San Bernardo de La Salle. Transitar por sus alrededores, marcados por la compleja realidad de la habitabilidad en calle, impactó profundamente a los participantes. Sin embargo, más allá de las dificultades del entorno, los jóvenes descubrieron una obra educativa viva, llena de esperanza, donde estudiantes, docentes y Hermanos construyen diariamente oportunidades de futuro. Comprendieron que la misión lasallista no depende de las circunstancias que la rodean, sino de la fuerza transformadora del Evangelio que la inspira. Allí entendieron que la presencia de La Salle no solo responde a una realidad social determinada, sino que también le da un nuevo significado al territorio, generando comunidad, dignidad, confianza y esperanza para quienes lo habitan.

De igual manera, la visita al Liceo Hermano Miguel dejó una huella especial en el grupo. La acogida fraterna de la comunidad educativa, la cercanía de los coordinadores y el testimonio sencillo de quienes acompañan la misión permitieron a los jóvenes descubrir otra verdad importante: la vocación lasallista no es patrimonio exclusivo de los Hermanos y las Hermanas. También existen hombres y mujeres seglares que han hecho de la educación, del servicio y del acompañamiento a los jóvenes una verdadera opción de vida.

Las conversaciones espontáneas, los testimonios compartidos y la manera cercana como cada uno habló de su experiencia hicieron que muchos de los ruteros y ruteras se sintieran identificados. Valoraron especialmente encontrarse con personas que, desde diferentes estados de vida, han decidido creer en La Salle, comprometerse con su misión y hacer del servicio educativo una forma concreta de responder al llamado de Dios. Sin discursos complicados ni grandes teorías, fueron sus palabras sencillas, su alegría y su coherencia de vida las que terminaron hablando más fuerte al corazón de los jóvenes.

Poco a poco, los jóvenes comenzaron a descubrir que la vocación no es una idea abstracta ni una decisión que se toma desde lejos. La vocación tiene rostro, historia, territorio y comunidad. Se vive en lugares concretos, junto a personas concretas, y siempre está orientada al servicio.

Las conversaciones con Hermanos, Hermanas, matrimonios y seglares comprometidos fueron dejando huella. Cada testimonio aportó una pieza distinta del rompecabezas. No se trataba de convencer a nadie de elegir un camino determinado, sino de mostrar que existen muchas formas de responder al amor de Dios y de hacer el bien desde la propia vida.

Quizás no todos los participantes terminen siendo Hermanos o Hermanas. Y está bien que así sea. La vocación no consiste en encajar en una opción específica, sino en descubrir dónde una persona puede amar más, servir mejor y ser plenamente ella misma. Sin embargo, algo sí ocurrió en todos ellos: pudieron reconocer la belleza de una vida entregada, la alegría de quienes han encontrado sentido en su misión y la fuerza que tiene Dios para seguir llamando a jóvenes en medio del mundo actual.

También descubrieron algo que muchas veces olvidamos: que nadie discierne solo. La amistad, la fraternidad y el acompañamiento se convirtieron en protagonistas silenciosos de esta experiencia. Entre risas, conversaciones, juegos, momentos de oración y largas charlas, fueron comprendiendo que los primeros compañeros de camino suelen ser otros jóvenes que comparten las mismas preguntas y los mismos deseos de construir una vida significativa.

Cuando llegó el momento de despedirse, las emociones hablaron por sí solas. Hubo abrazos largos, fotografías, promesas de volver a encontrarse y la sensación compartida de que algo importante había sucedido. Quizás no todos regresaron con respuestas definitivas. Pero sí volvieron a casa con preguntas más profundas, con nuevos amigos, con una mirada más amplia sobre La Salle y con la certeza de que Dios sigue actuando en sus vidas.

Las paredes de Casa Pastoral, los salones visitados, las comunidades que los acogieron y las personas que compartieron generosamente su historia fueron testigos de una aventura que probablemente seguirá dando frutos mucho después de haber terminado.

Porque la Expedición Vocacional no terminó el 29 de mayo. En realidad, apenas comienza.  Y tal vez esta sea también una invitación para otros jóvenes y para los adultos que los acompañan: a estar atentos. A escuchar. A creer. A no tener miedo de preguntar. La Iglesia y La Salle siguen necesitando hombres y mujeres capaces de entregar su vida al servicio de los demás. Y quizá, mientras lees estas líneas, Dios ya esté susurrando el nombre de alguien.

O tal vez el tuyo.

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