II Encuentro Distrital de Sombreros 2026 CRÓNICA

Cuando las familias descubren que también son misión

Hay sueños que no nacen el día en que se realizan.  Hay sueños que necesitan esperar.  Que maduran.  Que se dejan acariciar por el tiempo.

El II Encuentro Distrital de Sombreros fue uno de ellos.

Mucho antes de que las maletas llegaran a la Casa de Retiros Santa Luisa Los Pinares, mucho antes de las sonrisas, de los abrazos y de las primeras conversaciones, ya existía un deseo silencioso en la Secretaría de Pastoral del Distrito Lasallista de Bogotá: volver a reunir a los padres y madres de familia para recordarles algo que, muchas veces, la rutina termina escondiendo… que ellos también son Iglesia, también son misión y también tienen un lugar imprescindible en la construcción del Reino de Dios.

Después de la primera experiencia vivida en 2024, el anhelo permaneció vivo. Sin embargo, convocar a los padres de familia siempre representa un desafío. No porque falten ganas de participar, sino porque la vida adulta suele estar llena de agendas imposibles, responsabilidades laborales, tareas domésticas, compromisos familiares y preocupaciones que pocas veces dejan espacio para detenerse.

Y, aun así, hubo quienes dijeron sí.

Catorce personas. Catorce historias. Catorce familias.  Doce mujeres y dos hombres que decidieron regalarse tres días para volver a encontrarse con Dios, consigo mismos y con otros padres que compartían búsquedas similares.

Podría pensarse que fueron pocos.

Pero basta detenerse un instante para comprender que el Reino de Dios nunca ha comenzado con las mayorías. Siempre ha empezado con quienes se atreven a responder.

Y ellos respondieron.

Desde nueve obras educativas del Distrito llegaron hasta Bogotá para vivir el lema que acompañó esta segunda versión del encuentro:

“Una Iglesia en salida: familias que acompañan, transforman y sueñan.”

El frío característico de aquellos días parecía anunciar jornadas silenciosas. Sin embargo, bastaron los primeros saludos para comprender que la temperatura del clima poco tendría que decir frente al calor humano que comenzaba a construirse.

Muy pronto desaparecieron las presentaciones formales.

Las conversaciones se hicieron espontáneas.  Las risas comenzaron a escucharse entre los pasillos.  Las historias empezaron a encontrar eco en otras historias. Y, casi sin darse cuenta, quienes habían llegado como desconocidos empezaban a sentirse comunidad.

Durante tres días, la experiencia fue dibujando un itinerario profundamente humano.

No se trató simplemente de asistir a talleres.

Cada bloque invitaba a mirar la propia vida: A detenerse.  A recordar.  A agradecer.  A reconciliarse.  A dejar que la historia personal dialogara con la Palabra de Dios.

Las preguntas fueron más importantes que las respuestas.  Las lágrimas encontraron permiso para aparecer.  La vulnerabilidad dejó de esconderse.  Y aquello que muchas veces permanece guardado en el silencio encontró un espacio seguro para ser compartido.  La intimidad dejó de ser un lugar privado para convertirse en un puente de encuentro.

Cada padre y cada madre comprendieron que sus alegrías, sus heridas, sus búsquedas y sus desafíos también podían iluminar la vida de otros.

Y, quizá sin proponérselo, comenzaron a acompañarse mutuamente.

Los espacios de oración, las celebraciones, la interioridad y la contemplación fueron recordándoles que antes de acompañar familias era necesario dejarse acompañar por Dios.

Porque nadie puede ofrecer paz si primero no la cultiva en su propio corazón.  Porque nadie puede sostener a otros sin permitir que también lo sostengan.  Y porque la pastoral familiar comienza mucho antes de organizar actividades: comienza cuando una familia decide dejarse transformar por el Evangelio.

Uno de los regalos más grandes del encuentro fue descubrir que aquellas catorce personas no llegaban con las manos vacías.

Muchos ya servían en sus parroquias.

Otros acompañaban procesos catequéticos.

Algunos participaban en grupos de oración, ministerios, voluntariados o iniciativas sociales.

Todos traían consigo talentos, experiencias y una enorme sensibilidad para hacer el bien.

Lo que el encuentro hizo fue ayudarles a descubrir que todo aquello también podía ponerse al servicio de la pastoral familiar.

Que sus profesiones.  Sus historias.  Sus luchas.  Sus aprendizajes.  Sus errores incluso…  eran parte del equipaje con el que Dios continúa escribiendo su obra.

La comunidad asesora tuvo mucho que ver con ello.

Hermanos y seglares caminaron al lado de los participantes con la sencillez de quien sabe que acompañar no consiste en enseñar desde arriba, sino en caminar al lado.

Su cercanía, creatividad, alegría y testimonio fueron haciendo visible ese modo tan propio de La Salle de tocar el corazón antes que transmitir contenidos.

Más que facilitadores, fueron compañeros de camino.  Y eso se sintió!!.

Al finalizar el encuentro, los morrales regresaban un poco más pesados.  No por los materiales o detalles recibidos.  Sino por todo aquello que ahora habitaba el corazón.

Cada participante volvía a casa con nuevas preguntas.  Con nuevas inquietudes.  Con nuevos sueños.  Pero, sobre todo, con una certeza compartida: “La pastoral familiar no puede seguir esperando”.

Muchos llegaron buscando herramientas.  Regresaron descubriendo una misión.

Después de haber sido acompañados, ahora querían acompañar.

Después de haber experimentado el cuidado de una comunidad, deseaban ofrecer esa misma experiencia a otras familias.  Después de haber bebido de esta fuente, comprendieron que era tiempo de invitar a otros a beber también.

Porque el verdadero fruto del II Encuentro Distrital de Sombreros no terminó el día en que concluyó la programación.

Comenzó justamente cuando cada padre y cada madre regresó a su colegio, a su parroquia y a su hogar convencido de que la familia no es únicamente destinataria de la acción pastoral.

La familia también evangeliza.  La familia también acompaña.  La familia también transforma.  La familia también sueña.

Y quizá ese sea el mayor aprendizaje que dejó esta experiencia: “Descubrir que Dios sigue llamando”.  Y que, muchas veces, su llamada llega con el rostro sencillo de un padre, de una madre o de una familia dispuesta a abrir las puertas de su casa, de su corazón y de su vida para que otros encuentren allí un lugar donde volver a creer, a esperar y a caminar juntos.

Porque cuando una familia descubre que también es misión…  el Evangelio encuentra un nuevo hogar desde donde seguir transformando el mundo.

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