Todo comenzó con un morral… y terminó con una misión

Crónica de la Escuela Distrital de Animadores ESCANIM 2026

"Permanezcamos unidos, que nada nos divida jamás"

Hay viajes que empiezan mucho antes de subirse a un bus. Empiezan cuando alguien decide decir sí. Sí a salir de su casa durante unos días, sí a convivir con personas que no conoce, sí a dejar por un momento la rutina, las pantallas y los horarios habituales para aventurarse a vivir algo que todavía no sabe explicar, pero que, de alguna manera, siente que necesita.

Así llegaron, poco a poco, los cuarenta y dos jóvenes que participaron en la Escuela Distrital de Animadores ESCANIM 2026. Algunos llegaron entre abrazos y risas, reencontrándose con amigos de experiencias anteriores; otros observaban en silencio, intentando descubrir quién sería su compañero de habitación o con quién compartirían aquellos seis días. También estaban quienes escondían el nerviosismo detrás de una sonrisa tímida, preguntándose si realmente encontrarían su lugar entre personas que apenas conocían.

Todos llevaban un morral al hombro. Pero ninguno cargaba únicamente ropa, útiles de aseo o una muda para cada día. En realidad, cada uno llevaba algo mucho más importante: preguntas, ilusiones, inseguridades, sueños, heridas, ganas de hacer nuevos amigos y un profundo deseo —aunque todavía no lo supieran— de encontrarse consigo mismos.

Cuando el bus dejó atrás Bogotá y comenzó a internarse por la carretera que conduce hacia Restrepo, Meta, también empezó a cambiar el paisaje interior de quienes viajaban. Los edificios fueron cediendo el paso a las montañas, al verde intenso de los árboles, al aire limpio y a un silencio que parecía preparar el corazón para algo distinto. Al final del camino esperaba la finca El Cortijo. Durante seis días dejaría de ser simplemente una finca para convertirse en casa, aula, templo, laboratorio, escenario y comunidad. Porque en ESCANIM nadie llega únicamente a recibir formación; llega, sobre todo, a dejarse formar.

Y eso implicaba mucho más que asistir a talleres. Significaba permitir que la vida hiciera preguntas. Desde el primer momento quedó claro que allí nada sería completamente predecible. Las dinámicas escondían reflexiones, los juegos terminaban convirtiéndose en experiencias de vida y las simulaciones obligaban a mirar la realidad desde lugares inesperados. Las conversaciones, casi sin darse cuenta, dejaban de hablar de actividades para empezar a hablar del corazón.

Uno de esos momentos apareció casi sin avisar. Durante unos minutos, una de las participantes parecía haberse perdido. La preocupación comenzó a recorrer el grupo. Las conversaciones se detuvieron, las miradas cambiaron y las emociones aparecieron sin permiso. Cuando finalmente la joven reapareció, todos respiraron con alivio. No había sido un accidente. Había sido una sencilla pero profunda invitación a descubrir que muchas veces solo comprendemos el valor de una persona cuando sentimos que puede faltar. Sin necesidad de grandes discursos, aquella escena permitió entender que nadie es invisible y que toda comunidad comienza cuando aprendemos a interesarnos sinceramente por el otro.

A partir de ese momento, las barreras comenzaron a desaparecer. Los nombres dejaron de ser desconocidos, las conversaciones se hicieron más largas, las risas aparecieron con mayor facilidad y los grupos empezaron a sentirse comunidad.

Pero justo cuando todos pensaban que ya entendían el ritmo de la Escuela, apareció una experiencia que nadie esperaba: Manent Corporation.

Era una empresa ficticia. Un juego de roles. Pero también un espejo de muchas realidades. Allí algunos recibieron privilegios mientras otros eran ignorados; unos fueron escuchados y otros experimentaron el peso de la indiferencia. Durante unos instantes, la injusticia dejó de ser un concepto aprendido para convertirse en una emoción vivida. Hubo incomodidad, rabia, impotencia e incluso deseos de abandonar la experiencia. Y precisamente allí estaba el aprendizaje. Resulta muy difícil transformar una realidad que nunca hemos sentido. Aquella simulación ayudó a comprender que un animador no puede permanecer indiferente frente al sufrimiento humano y que acompañar también significa abrir los ojos ante las injusticias y decidir no acostumbrarse a ellas.

Entre una experiencia y otra, la Escuela seguía su curso. Las madrugadas parecían llegar demasiado rápido y las noches terminaban demasiado tarde. El cansancio comenzaba a sentirse, pero curiosamente nadie quería que el día acabara. Siempre quedaba una conversación pendiente, una canción, una oración, una fotografía, una risa compartida o simplemente el deseo de permanecer un poco más junto a quienes, apenas unos días atrás, eran completos desconocidos.

La formación seguía avanzando, pero ya nadie la vivía únicamente como un proceso académico. Cada bloque permitía descubrir que el liderazgo comienza por conocerse a uno mismo; que nadie puede acompañar procesos si antes no aprende a reconciliarse con su propia historia; que la espiritualidad no consiste solamente en rezar, sino en descubrir a Dios caminando entre los rostros, las emociones, las preguntas y los silencios. Mientras tanto, la naturaleza hacía también su parte. La quebrada, los árboles, el viento, las caminatas y el cielo estrellado parecían recordarles que Dios también habla cuando nadie está diciendo una sola palabra.

Y así, casi sin darse cuenta, llegó el último día.

Las maletas volvieron a llenarse, pero ya no pesaban igual. Ahora llevaban nuevos amigos, nuevas convicciones, aprendizajes, preguntas y la certeza compartida de que ser animador no consiste únicamente en organizar actividades, sino en tocar vidas desde la cercanía, la escucha, el servicio y el testimonio.

Cuando el bus emprendió el regreso, nadie era exactamente el mismo que había llegado seis días atrás. Volvían a sus casas, a sus familias, a sus colegios y comunidades con el deseo inmenso de “comerse el mundo”, sí… pero no para conquistarlo ni imponerse sobre él, sino para hacerlo un poco más humano, más fraterno, más justo y esperanzador; un mundo donde cada persona pueda sentirse mirada, escuchada, acogida y profundamente valiosa.

Porque, al final, ESCANIM nunca fue únicamente una escuela para aprender a animar grupos. Fue una escuela para descubrir que el verdadero liderazgo comienza cuando alguien permite que Dios anime primero su propio corazón.

Y quizá esa sea la mayor riqueza de esta experiencia: que terminó el 27 de junio… pero apenas comenzó en la vida de quienes regresaron convencidos de que abrir mentes, tocar corazones y transformar comunidades no es simplemente una actividad pastoral.

Es una manera de vivir.

¡Viva Jesús en nuestros corazones!... ¡Por siempre!

Eliana Arroyave Cadavid
Líder Desarrollo Humano y Cultura Vocacional

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