“Un mismo corazón y un mismo Espíritu”
Del 22 al 27 de junio de 2026, Cartagena se convirtió en punto de encuentro para 23 jóvenes y 12 integrantes de la comunidad asesora, provenientes de diferentes obras educativas y trayectos del Movimiento Indivisa Manent. Llegaron con historias, experiencias y expectativas diversas, pero con una búsqueda común: prepararse para vivir con mayor profundidad la misión de ser Catequistas.
Desde el comienzo, la ESCAT fue mucho más que un espacio de formación. La propuesta, articulada desde los itinerarios del Ser, Saber y Hacer, invitó a los jóvenes a reconocerse, profundizar en su fe y adquirir herramientas para acompañar a otros. Los contenidos bíblicos, cristológicos, eclesiológicos y lasallistas se encontraron con experiencias de liderazgo, catequesis lúdica, comunicación, creatividad y trabajo en equipo. Aprender no significó solamente recibir contenidos, sino experimentar, compartir y descubrir nuevas maneras de servir.
La fraternidad fue uno de los rostros más visibles de la experiencia. En las comunidades de Fe, Fraternidad, Justicia, Servicio y Compromiso, los participantes encontraron espacios para escucharse, trabajar juntos, compartir sus historias y reconocer que cada uno tenía algo que aportar. Las dinámicas, las celebraciones, los momentos de convivencia y la vida cotidiana fueron construyendo vínculos que hicieron de un grupo de jóvenes provenientes de diferentes lugares una verdadera comunidad.
Y, aun así, hubo quienes dijeron sí.
Hubo también momentos para detenerse y mirar hacia dentro. Las liturgias, la oración, la Eucaristía, la fogata y los espacios de interioridad permitieron conectar la formación con la propia historia y con el encuentro personal con Jesucristo. Allí, entre palabras, silencios, música y oración, muchos descubrieron que para acompañar la fe de otros también es necesario dejarse acompañar y reconocer la presencia de Dios en la propia vida.
La ESCAT también fue un espacio para descubrir el liderazgo desde una perspectiva diferente. Ser líder catequista no significó estar por encima de otros, sino escuchar, acompañar, comunicar, animar y servir. Los jóvenes reconocieron nuevas capacidades y, al mismo tiempo, comprendieron que el testimonio personal es una de las herramientas más importantes para anunciar la fe.
Todo esto fue posible gracias a una comunidad asesora que acompañó con cercanía cada momento. Hermanos, docentes, agentes pastorales y otros integrantes del equipo pusieron sus dones al servicio de la experiencia, haciendo de la corresponsabilidad una expresión concreta de la fraternidad lasallista. A esto se sumó el cuidado de los espacios, los materiales, la alimentación y, especialmente, los pequeños detalles que hicieron sentir a cada participante acogido y valorado.
Pero la ESCAT no terminó con el último momento de la programación. El cierre fue, en realidad, un envío. Los jóvenes regresaron a sus obras educativas con aprendizajes, experiencias y compromisos concretos: fortalecer las catequesis, acompañar a otros niños y jóvenes, participar activamente en la pastoral y ser testimonio de los valores lasallistas.
Por eso, ESCAT no termina cuando finaliza la experiencia; continúa en cada joven que vuelve a su comunidad para acompañar, animar, servir y compartir lo vivido.
Lo vivido en Cartagena se convierte así en semilla que continúa creciendo en cada obra educativa, en cada encuentro, en cada catequesis y en cada gesto de servicio. Porque formar catequistas es también formar jóvenes capaces de abrir mentes, tocar corazones y servir con esperanza, llevando consigo la certeza de que, aunque provengamos de diferentes lugares, podemos caminar y servir con un mismo corazón y un mismo Espíritu.






